JAIRO VARELA: QUIERO SER RECORDADO COMO COMPOSITOR


El maestro Jairo Varela hace parte de esos creadores que representan en la vida real a los portadores de una vocación, en su caso la música. Él fue un hijo directo de la naturaleza de esa divinidad. Por eso mismo se pudo ver en ese hombre real, el retrato humano de la tan repetida frase de cajón: llevar la música adentro.

En su juventud no se ocupó de iniciarse en el estudio de la música, como sí ocurrió con algunos de su generación, en su tierra natal Quibdó, no obstante haber integrado desde niño un grupo musical. Él no eligió exactamente ese camino de estudiar la escritura de la música para llevarla a un pentagrama, seguramente tenía la certeza de poseer el don natural de compositor de canciones porque ya estaban sonaban en su interior. Al establecerse con su madre en la ciudad Bogotá, siendo un adolescente a punto de terminar el bachillerato, la música que estaba en él se afirmó en su pasión y destino. Se movía en medio de músicos, cual personaje en busca de autor que le publicara sus canciones. Solía llevar escritas sus letras en una libreta que portaba debajo del brazo, cual tesoro personal. Así lo recuerdan sus amigos de aquella época. Se sentía un compositor, y así se presentaba, y ofrecía sus composiciones a músicos con recorrido. Por eso mismo su primera incursión en la grabación de su música, antes de la creación del Grupo Niche, fue en calidad de compositor. Dos temas de su autoría –“El Negro soy” y “El Difícil”- fueron grabados por la orquesta de Adolfo Barros y sus Espantos, un hijo del célebre compositor colombiano José Barros. Otra de sus composiciones, “Como podré disimular”, fue grabada como balada por el cantante Remy Rex.

Alguna vez el maestro Varela me dijo, después de leerme una de sus últimas composiciones: “Yo quiero que cuando muera, a mí me recuerden como compositor”. Así lo sentía desde lo más profundo. “Con el respeto que se debe tener, yo tengo la cualidad que tenía el Benny More, las canciones están en mí, y las concibo con toda su instrumentación, sin importarme el formato de mi orquesta. Escribo sus letras y si creo que debe ir tal o cual instrumento, ese va. Yo siempre quiero escribir éxitos. Cada año escribo por lo menos un éxito y esto no es nada fácil”.

El Maestro Varela sabía que la composición musical tenía un lugar especial en él, que se sumaba al reto de ser un compositor que grababa sus propias canciones. Cuando pasaba a hacerlas realidad en la grabación, se proponía, casi con obstinación, que sonaran tal cual como existían en su mente. En esa tarea pasaba largas horas, muchísimos días, en una incansable labor que iniciaba con sus arreglistas encargados de transcribir sus melodías y sonoridades, para luego pasar a la grabación de instrumentistas y después a la mezcla y postproducción. Cuando consideraba terminada una canción, con sonrisa de satisfacción solía repetir: “Por aquí acaban de pasar los angelitos”.

Para el desarrollo de esta dedicada labor, en Varela no existía el tiempo transcurrido sino la pasión de la viva realidad de un don natural, encarnado en él. Algo semejante a lo que alguna vez dijo de su actividad como pintor el maestro Fernando Botero: “Yo tengo una profesión de la cual nadie se retira a vivir la jubilación. Uno se muere con el pincel en la mano. Es una pasión tan extraordinaria pintar, de un placer tan infinito, que le mantiene a uno el deseo de vivir, como si uno no se quisiera morir”.

La música que Jairo Varela llevaba dentro como creador, solo la podía terminar su la muerte física, por era ella lo que animaba sus ganas de vivir.

Su vida fue la historia de una misión, de un enviado, de un compositor por gracia natural.


Rafael Quintero

Enero 15 de Enero.

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